El Poder del Reino: Descubriendo lo que Nos Impide Ver la Gloria de Dios

Mensaje por: Eliud Morales

"Jesús reunió a sus 12 discípulos y les dio la autoridad para expulsar espíritus malignos y para sanar toda clase de enfermedades y dolencias." — Mateo 10:1
¿Alguna vez te has preguntado por qué no vemos el mismo poder del Reino de Dios que experimentaron los primeros discípulos? ¿Por qué parece haber una desconexión entre lo que leemos en Mateo 10 y nuestra experiencia diaria como seguidores de Cristo?

Esta pregunta ha estado en mi corazón durante mucho tiempo. Mientras meditaba en el pasaje donde Jesús envía a sus discípulos con poder para sanar enfermos, expulsar demonios y proclamar que el Reino de los cielos está cerca, me encontré navegando entre la fe expectante y una cierta frustración escéptica.

Los obstáculos que nosotros mismos colocamos

A través de la oración y el estudio de Mateo 10, he identificado cuatro obstáculos principales que muchas veces nosotros mismos colocamos en el camino del poder del Reino. Te los comparto con amor pastoral, reconociendo que yo mismo lucho con cada uno de ellos.

1. Buscamos el poder sin la sumisión
"No podemos ejercer autoridad si no estamos bajo autoridad. No podemos experimentar el poder del reino de Dios si no nos sometemos bajo esa autoridad."
Cuando leemos Mateo 10, es tentador saltar directamente a la parte donde los discípulos sanan enfermos y expulsan demonios. Pero olvidamos que estos mismos discípulos habían dejado todo para seguir a Jesús. El poder nunca precede al compromiso; fluye de él.

La autoridad que Jesús delegó a sus discípulos no fue el punto de partida de su relación, sino la consecuencia natural de haberse rendido completamente a Él. Esto me lleva a una pregunta desafiante: ¿Sobre qué áreas de mi vida Cristo todavía no tiene toda la autoridad?

2. Evitamos el sufrimiento a toda costa
"El reino de Dios requiere el privilegio de sufrir."
Nuestra cultura cristiana moderna ha creado una versión del evangelio que nos vacuna contra el sufrimiento y, con ello, contra el poder real del Reino de Dios. Preferimos la comodidad, el privilegio y la ausencia de dolor por encima del poder manifestado del Reino.

Pablo lo entendió perfectamente cuando escribió: "Quiero conocer a Cristo y experimentar el gran poder que lo levantó de los muertos. Por lo tanto, quiero sufrir con él y participar de su muerte" (Filipenses 3:10-11).

Existe una conexión inseparable entre participar en los sufrimientos de Cristo y experimentar el poder de su resurrección. No son realidades opuestas, sino dos caras de la misma moneda. El sufrimiento no es un accidente en el camino cristiano; es lo que nos identifica con Cristo y con el poder de su Reino.

3. Resistimos el contentamiento
"El reino de Dios nos requiere vivir en contentamiento."
Cuando Jesús envió a sus discípulos sin provisiones extras, no lo hizo para enseñarles a ignorar sus necesidades, sino para mostrarles que Dios es digno de confianza para suplirlas. Pablo, escribiendo desde una celda romana, dijo: "He aprendido a estar contento con lo que tengo" (Filipenses 4:11).

Frecuentemente clasifico como "necesidades" cosas que en realidad son deseos o antojos. Esto me lleva a vivir insatisfecho, sintiéndome herido cuando otros no satisfacen mis expectativas, y eventualmente cuestionando la bondad y provisión de Dios.

El contentamiento no significa fingir que no necesitamos nada, sino distinguir entre las necesidades reales y los deseos inflados. Es traer nuestras necesidades genuinas a Dios con confianza en vez de ansiedad.

4. Negamos nuestro dolor
"No podemos experimentar sanidad para lo que no estamos dispuestos a reconocer que está herido."

Vivimos en una sociedad que nos ofrece innumerables formas de distraernos del dolor: pantallas digitales, redes sociales, materialismo, e incluso diversas adicciones. Todos estos mecanismos funcionan básicamente igual: nos ayudan a evitar enfrentar nuestro dolor.

Jesús nos modeló una espiritualidad emocionalmente sana cuando en Getsemaní no ocultó su angustia: "Mi alma está muy triste, hasta la muerte" (Mateo 26:38). Y en la cruz exclamó: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46).

El lamento bíblico no es queja improductiva ni autocompasión, sino la expresión valiente y honesta del dolor ante la presencia de un Dios que lo puede todo y tiene la disposición de proveernos su gracia suficiente.

Encontrando poder en nuestra debilidad

Lo sorprendente es que el poder de Dios no se manifiesta principalmente evitando estos obstáculos, sino aprendiendo a navegar a través de ellos con fe.

La historia con la que comenzamos nuestro mensaje ilustra esta verdad perfectamente. Gary Witherall, un misionero cuya esposa fue asesinada por extremistas, experimentó el poder de Dios de manera extraordinaria no cuando evitó el sufrimiento, sino cuando lo atravesó con fe perdonando a los asesinos de su esposa. Puertas que siempre habían estado cerradas se abrieron. Personas que siempre habían rechazado el evangelio comenzaron a preguntar por el tipo de fe que produce ese tipo de perdón.

Como dijo Gary: "Hay un poder en el reino de Dios que solo puede manifestarse plenamente cuando abrazamos la cruz."

El amor como propósito eterno

El tercer principio emerge del fascinante diálogo entre Jesús y Pedro. La resistencia inicial de Pedro al lavamiento no procedía del orgullo sino de una comprensión errónea del discipulado. Como muchos de nosotros, Pedro había internalizado un modelo de seguir a Jesús basado en la acción: hacer grandes cosas para Cristo, tomar riesgos notables, demostrar lealtad a través de hazañas extraordinarias.

La respuesta de Jesús revela un propósito mucho más profundo: "Si no te lavo, no tendrás parte conmigo". Esta declaración nos muestra que Jesús está más interesado en nuestra identidad transformada que en nuestras actividades religiosas. Como enfatizó el Pastor Sammy: "Jesús no quiere principalmente nuestro servicio; quiere limpiarnos para que seamos suyos".

Esta es la gran paradoja del discipulado cristiano: solo cuando dejamos de intentar impresionar a Jesús con nuestro servicio y permitimos que Él nos lave primero, comenzamos verdaderamente a parecernos a Él. El servicio auténtico fluye naturalmente de una identidad transformada, no de un esfuerzo por ganar aprobación.

Invitación a la transformación

Queridos hermanos y hermanas, los invito a unirse a mí en un viaje transformador hacia el poder del Reino de Dios. No busquemos atajos que eviten el camino de la cruz. Más bien, abracemos:
  1. Una sumisión más profunda a la autoridad de Cristo en cada área de nuestras vidas.
  2. El privilegio de sufrir con Cristo, viendo nuestros desafíos como oportunidades para experimentar su poder.
  3. El contentamiento cultivado, aprendiendo a distinguir entre deseos y necesidades.
  4. El lamento sagrado, expresando honestamente nuestro dolor ante Dios.

El poder de Dios quiere manifestarse no principalmente en nuestros momentos de éxito y fortaleza, sino en nuestras heridas confesadas, en nuestro contentamiento cultivado y en nuestra sumisión voluntaria.
Que el Espíritu Santo nos ayude a remover estos obstáculos y a experimentar el poder transformador del Reino de Dios en toda su plenitud, aquí y ahora.

Eliud Morales