EL ACENTO DEL REINO

Basado en el mensaje predicado por Egui Castro
Egui empezó el mensaje del domingo confesando algo que no tenía nada que ver con el sermón, y aun así fue lo que abrió la puerta a todo lo demás.
Nos dijo, con el corazón latiéndole —según él mismo— que no le gusta el arroz. Ni el ajo. Y que por 37 años la gente ha cuestionado su puertorriqueñidad por eso.
Todos nos reímos. Yo también. Pero cuando terminó de explicar por qué contaba esa historia, dejé de reírme.
Porque lo que Egui estaba describiendo con humor era exactamente lo que yo he hecho con mi fe más veces de las que quisiera admitir: medir si soy de los de Jesús por una lista de cosas que hago o dejo de hacer, no por si se me ha pegado su acento.
El texto de esta semana es de los más exigentes que dijo Jesús: "Les advierto: a menos que su justicia supere a la de los maestros de la ley religiosa y a la de los fariseos, nunca entrarán en el reino del cielo" (Mateo 5:20 NTV). Y lo primero que hay que saber es que los fariseos no eran los villanos de caricatura que a veces nos imaginamos. Eran los expertos religiosos de su tiempo. Cumplían cada mandamiento al pie de la letra. Si la justicia fuera cuestión de cumplimiento, ellos habrían sacado la nota más alta.
Y aun así, Jesús dice que eso no basta.
Nos dijo, con el corazón latiéndole —según él mismo— que no le gusta el arroz. Ni el ajo. Y que por 37 años la gente ha cuestionado su puertorriqueñidad por eso.
Todos nos reímos. Yo también. Pero cuando terminó de explicar por qué contaba esa historia, dejé de reírme.
Porque lo que Egui estaba describiendo con humor era exactamente lo que yo he hecho con mi fe más veces de las que quisiera admitir: medir si soy de los de Jesús por una lista de cosas que hago o dejo de hacer, no por si se me ha pegado su acento.
El texto de esta semana es de los más exigentes que dijo Jesús: "Les advierto: a menos que su justicia supere a la de los maestros de la ley religiosa y a la de los fariseos, nunca entrarán en el reino del cielo" (Mateo 5:20 NTV). Y lo primero que hay que saber es que los fariseos no eran los villanos de caricatura que a veces nos imaginamos. Eran los expertos religiosos de su tiempo. Cumplían cada mandamiento al pie de la letra. Si la justicia fuera cuestión de cumplimiento, ellos habrían sacado la nota más alta.
Y aun así, Jesús dice que eso no basta.

Egui lo explicó con una historia real, de un viaje suyo a España. En un café de Toledo, un mesero venezolano adivinó que él y su esposa eran puertorriqueños sin verles la cara —era tiempo de mascarillas— solo por cómo hablaban. Y ahí está la clave de todo el mensaje: ser de un lugar no se decide por tu genética, ni por lo que comes una vez. Se nota en lo que se te ha pegado de vivir ahí, de estar rodeado de su gente.
Un japonés que come arroz con gandules una sola vez no se vuelve puertorriqueño. Pero uno que lleva veinte años aquí, que canta aguinaldos, que habla con el mismo acento cantado — a ese sí lo confundirías con uno de los nuestros.
Así es el Reino de Dios. Los fariseos tenían el mandamiento memorizado. Pero se les había olvidado la razón por la que fue dado. Cumplían por cumplir, y a Dios eso no lo mueve. No son las reglas. Es el motivo por el cual fueron escritas.
Lo confronté conmigo mismo toda la semana. ¿Cuánto de lo que hago por Dios lo hago porque de verdad quiero agradarlo a Él, y cuánto lo hago porque me hace sentir bien conmigo mismo? Porque Jesús es específico con eso: si solo eres bueno cuando te conviene, cuando nadie te está mirando, o cuando no te cuesta nada, todavía no tienes su acento.
Lo tienes cuando obedeces incluso cuando no te conviene.
Y aquí está la parte que más me tocó: el acento no se aprende de memoria en un salón de clases. Se pega de pasar tiempo con la gente que lo habla. Por eso Egui cerró invitándonos a algo tan sencillo como significativo: no dejes de reunirte con tus compatriotas. El Reino no se vive en aislamiento. El acento se pega en comunidad — orando juntos, sirviendo juntos, corrigiéndonos con amor los unos a los otros.
No son las reglas. Es el motivo por el cual fueron escritas. Y ese motivo, al final, es una persona: el Rey que te ama tanto que quiere que su manera de vivir se te pegue, hasta que ya no se pueda distinguir dónde termina tu esfuerzo y dónde empieza su gracia.
Un japonés que come arroz con gandules una sola vez no se vuelve puertorriqueño. Pero uno que lleva veinte años aquí, que canta aguinaldos, que habla con el mismo acento cantado — a ese sí lo confundirías con uno de los nuestros.
Así es el Reino de Dios. Los fariseos tenían el mandamiento memorizado. Pero se les había olvidado la razón por la que fue dado. Cumplían por cumplir, y a Dios eso no lo mueve. No son las reglas. Es el motivo por el cual fueron escritas.
Lo confronté conmigo mismo toda la semana. ¿Cuánto de lo que hago por Dios lo hago porque de verdad quiero agradarlo a Él, y cuánto lo hago porque me hace sentir bien conmigo mismo? Porque Jesús es específico con eso: si solo eres bueno cuando te conviene, cuando nadie te está mirando, o cuando no te cuesta nada, todavía no tienes su acento.
Lo tienes cuando obedeces incluso cuando no te conviene.
Y aquí está la parte que más me tocó: el acento no se aprende de memoria en un salón de clases. Se pega de pasar tiempo con la gente que lo habla. Por eso Egui cerró invitándonos a algo tan sencillo como significativo: no dejes de reunirte con tus compatriotas. El Reino no se vive en aislamiento. El acento se pega en comunidad — orando juntos, sirviendo juntos, corrigiéndonos con amor los unos a los otros.
No son las reglas. Es el motivo por el cual fueron escritas. Y ese motivo, al final, es una persona: el Rey que te ama tanto que quiere que su manera de vivir se te pegue, hasta que ya no se pueda distinguir dónde termina tu esfuerzo y dónde empieza su gracia.

Nos inspiramos los domingos, pero el acento se pega entre domingo y domingo. Por eso preparamos una guía con un versículo, una reflexión, una oración y una práctica para cada día de esta semana.
Esta semana trabajamos el motivo detrás de nuestra obediencia — examinando, día a día, si lo que hacemos por Dios lo hacemos para agradarlo a Él o para sentirnos bien con nosotros mismos.
10-15 minutos cada mañana. Ya está disponible en la App Theopolis.
Esta semana trabajamos el motivo detrás de nuestra obediencia — examinando, día a día, si lo que hacemos por Dios lo hacemos para agradarlo a Él o para sentirnos bien con nosotros mismos.
10-15 minutos cada mañana. Ya está disponible en la App Theopolis.
Plan de lectura de 7 días en YouVersion.

Pensado para leerlo en comunidad — con tu grupo pequeño, tu familia, o esa persona que todavía no conoce a Jesús. Es una puerta sencilla para que alguien de afuera entre a la conversación que estamos teniendo como iglesia.

La Caldera: Martes de Encuentros de Oración
Este episodio nos dejó una pregunta que no es cómoda: ¿cuánto de lo que hacemos por Dios lo hacemos por Él, y cuánto lo hacemos por cómo nos hace sentir a nosotros?
La Caldera es el espacio donde traemos eso delante de Dios. Todos los martes a las 7 PM, oramos juntos para que el motivo detrás de lo que hacemos se alinee con el corazón del Rey.
No es un servicio más. Es donde el acento se pule, en comunidad.
La Caldera es el espacio donde traemos eso delante de Dios. Todos los martes a las 7 PM, oramos juntos para que el motivo detrás de lo que hacemos se alinee con el corazón del Rey.
No es un servicio más. Es donde el acento se pule, en comunidad.
Cerca
No son las reglas. Es el motivo por el cual fueron escritas.
Yo salí de este mensaje pensando en cuántas cosas hago "porque así se hace," sin detenerme a preguntar si de verdad estoy buscando agradar a Dios o solo cumplir con la lista.
Si esta semana te reconoces ahí — cumpliendo por cumplir — quiero invitarte a lo mismo que Egui nos invitó: pasa tiempo con el Rey. No para aprenderte más reglas. Para que se te pegue su acento.
Te espero, Pastor Sammy
Yo salí de este mensaje pensando en cuántas cosas hago "porque así se hace," sin detenerme a preguntar si de verdad estoy buscando agradar a Dios o solo cumplir con la lista.
Si esta semana te reconoces ahí — cumpliendo por cumplir — quiero invitarte a lo mismo que Egui nos invitó: pasa tiempo con el Rey. No para aprenderte más reglas. Para que se te pegue su acento.
Te espero, Pastor Sammy
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Recuerda: la transformación genuina no ocurre solamente los domingos. Ocurre en los días entre domingo y domingo.
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