PON LA MESA

Familia,

Este domingo no nos reunimos en el templo.

Nos vamos a reunir en casas por todo el Oeste, alrededor de mesas, comiendo juntos. Y quiero explicarles por qué, porque esto no es un domingo libre ni una actividad más del calendario.

El domingo pasado predicamos sobre los pacificadores. Y lo que descubrimos juntos fue incómodo: que casi todos queremos paz, pero casi nadie está dispuesto a cultivarla. Que hay una paz que se instala en una tarde —como la grama artificial— y otra que se cultiva por años. Que el silencio no es shalom, y que dos personas que no se hablan tienen silencio pero no tienen paz.

Aprendimos que la palabra que Jesús usó fue eirenopoios: no el que anda tranquilo, no el que recibe la paz que otro hizo, sino el que se enrolla la manga y produce paz donde solo había tierra muerta.

Esa clase de paz no se cultiva en lo abstracto. No se cultiva pensando bonito ni deseando que las cosas mejoren. Se cultiva sentándose con alguien. Pasando el pan. Teniendo la conversación difícil por encima de un plato de arroz.

Por eso la mesa.

Dos maneras de poner la mesa este domingo

No todos estamos en el mismo lugar, y está bien. Hay dos formas de vivir este domingo, y las dos son igual de válidas.

Una es invitar a alguien con quien necesitas sembrar paz. Si el Espíritu Santo te ha estado poniendo un nombre esta semana —y muchos de ustedes ya lo tienen— este domingo es la oportunidad. No para resolverlo todo. Para poner la mesa.

La otra es reunir tu casa y comprometerla con la paz. Sentarte con los tuyos y decir en voz alta que esta casa va a ser un lugar donde no se cultiva grama artificial. Donde no se tapa lo que hay que hablar. Donde el silencio no se llama paz.
Ninguna de las dos es superior. Una casa que se compromete a cultivar paz está haciendo el mismo trabajo de jardinero que el que invita a alguien difícil.

Si invitas y esa persona no llega

Tengo que decirles esto, porque no quiero que nadie se vaya a la cama el domingo sintiéndose fracasado.

Puede que extiendas la invitación y la persona no venga. Puede que no esté lista para esa conversación. Puede que su corazón todavía no se haya ablandado. Y eso no es tu fracaso.

¿Saben qué van a hacer si eso pasa? Van a dejar la silla vacía. Van a comer con la silla puesta en la mesa.

Porque esa silla vacía se convierte en tu declaración delante de Dios: ya yo puse la mesa. Ahora al Espíritu de verdad le toca hacer lo que yo no puedo hacer.

Esa silla es la puerta abierta del Padre. El mismo que vio a su hijo cuando todavía estaba lejos y salió corriendo a abrazarlo. El Padre no fue a buscarlo ni lo obligó a volver: esperó con la puerta abierta y la mesa puesta.

Nosotros no controlamos si el otro llega. Controlamos si la mesa está puesta.

Y una cosa más, por si alguien la necesita: hay relaciones donde lo sabio es esperar, y hay heridas que necesitan acompañamiento antes que una invitación a cenar. Si ese es tu caso, no te fuerces. Habla con nosotros. Poner la mesa también puede empezar por pedir ayuda.

Lo que hay que hacer

Nada complicado. Abre tu casa o únete a la casa de alguien. Prepara comida —lo que sea, no tiene que ser elaborado— y siéntate a comer con quien el Espíritu te haya puesto en el corazón.

Y no tienes que improvisar. Preparamos una guía litúrgica para tu hogar: cinco pasos sencillos que cualquiera puede seguir, sin necesidad de ser pastor ni líder. Recibir, bendecir la mesa, comer y conversar, orar por la silla vacía, y despedir bendiciendo. Trae también preparación previa, preguntas para la conversación y respuestas a las dudas más comunes.

Descárgala en el botón de abajo. Ábrela en tu celular o imprímela, y déjala cerca. No es un libreto rígido: es un mapa para que tu mesa tenga intención.
El domingo pasado predicamos la paz con palabras.

Este domingo la vamos a cultivar con las manos.

Pon la mesa.


Te espero, Pastor Sammy
Iglesia Theopolis - Mayagüez, Puerto Rico

Eliud Morales