EL MENOS LIMPIO DE TODOS

Basado en el mensaje predicado por Eliud Morales

Quiero contarte cómo terminó el mensaje del domingo, porque llevo toda la semana sin poder soltarlo.

Habíamos pasado la mañana mirando a cuatro hombres que tuvieron a Dios de frente y no lo vieron. Cuatro cristales sucios, cuatro venenos. El fariseo, ciego por la apariencia —tan experto en su imagen que vio a Jesús hacer un milagro y dijo que lo hacía el diablo. Judas, ciego por la avaricia —tres años al lado de Jesús, y lo vendió por treinta piezas de plata. La multitud de Juan 12, ciega por el amor a la gloria humana —creyeron, pero no lo confesaron, porque amaban más el aplauso de la gente que la aprobación de Dios. Y Herodes, ciego por la dureza —quería ver a Jesús como un show, y cuando no le dio el truco que esperaba, vio un espectáculo aburrido.

Cuatro personas con los ojos abiertos, y ninguna vio.

Es humanamente imposible...

Y te confieso que ese es el punto donde el sermón se puso incómodo para mí, porque esos cuatro venenos no son de museo. Son los que yo mismo he peleado. La tentación de cuidar más cómo me veo en la iglesia que cómo estoy de verdad delante de Dios en mi casa. El miedo al qué dirán. Todos entran igual: nunca de golpe. Gota a gota. Nadie se levanta un lunes y decide dividir su corazón. Se ensucia despacio —una gota de apariencia, una de dinero, una de miedo, una de cinismo— hasta que un día te asomas por la ventana de tu vida y todo lo de Dios se ve gris. Y juras que el problema es la ropa, cuando el problema es el cristal.

Ahí es donde alguien piensa: "pues me pongo a limpiar el cristal." Y aquí está lo que necesito que no se te olvide: no puedes. Nadie puede limpiar su propio corazón. El cristal está por dentro; no lo alcanzas. Si limpiarlo por fuerza de voluntad fuera posible, los fariseos —los más esforzados de todos— habrían sido los más limpios. Y fueron los más ciegos.
Entonces, ¿qué hacemos? Escucha lo que oró David, con el corazón más contaminado del Antiguo Testamento en su peor momento —adulterio, y sangre encima para taparlo. Con las manos sucias hasta el codo, David no ora "ayúdame a limpiarme". Ora algo más profundo: "Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio." Crea. Esa palabra en hebreo es bará, la misma de Génesis 1, cuando Dios creó de la nada. David no pidió una limpieza. Pidió una creación. Porque el corazón limpio no es algo que tú produces. Es algo que Dios crea.

Y aquí viene lo que no he podido soltar.

Vimos cuatro hombres que no vieron a Dios en su gloria. Pero hubo un quinto. Un criminal en una cruz. No vio milagros, ni multitudes, ni señales. Vio a Jesús en su peor versión a los ojos humanos: desnudo, ensangrentado, clavado, muriéndose al lado de él. Este hombre era el más sucio de toda la escena —tan contaminado que el imperio ya había decidido que había que matarlo. No tenía tiempo para reformarse, ni para discipulado. Le quedaban horas.

Y ese hombre giró la cabeza, miró a un tipo golpeado y coronado de espinas muriéndose a su lado… y vio a un Rey.
Lo que ninguno de los cuatro vio con Dios en gloria, este lo vio con Dios en agonía. Y con lo último que le quedaba de voz, dijo: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino." ¿Y sabes qué es "acuérdate de mí"? Es la oración de David en la boca de un moribundo. David pidió "crea en mí un corazón limpio", y el ladrón fue la respuesta a esa oración, en vivo, colgado de un madero. Dios le creó un corazón de la nada, y con ese corazón recién creado, vio a Dios.

El primero en cobrar la promesa de Mateo 5:8 —"los de corazón limpio verán a Dios"— no fue un fariseo, ni un apóstol, ni uno de los discípulos. Fue un ladrón. En el último minuto le entregó a Dios un corazón sucio, y Dios se lo limpió creándole uno nuevo, con capacidad de verlo.
Por eso te escribo. Si has pasado la vida limpiando la ventana por fuera —puliendo la imagen, cuidando el aplauso— pero por dentro sabes que tu taza está sucia, tengo una buena noticia: no estás demasiado contaminado para llegar hasta Dios. El ladrón en la cruz lo pudo hacer. Tú también.

El aprendiz de Jesús no busca verse limpio. Busca ver a Dios. Y a Dios solo se le ve con un corazón que ninguno de nosotros puede fabricar, pero que Dios está deseoso de crear.

Esta semana, en la guía de 7 días, vamos a hacer una sola cosa: nombrar el veneno que está en tu cristal, y orar la oración de David. No limpies tu corazón. Entrégalo, tal como está.


Te espero el domingo,
Iglesia Theopolis - Mayagüez, Puerto Rico
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Recuerda: la transformación genuina no ocurre solamente los domingos. Ocurre en los días entre domingo y domingo. 
 

Eliud Morales