LLORA, QUE YO ESTOY AQUÍ

Basado en el mensaje predicado por Nicole Lopez

El domingo pasado me senté en la primera fila y vi a Nicole predicar sobre el llanto. Y lloré.

No lloré por la técnica del sermón ni por orgullo de esposo, aunque ambas cosas estaban ahí. Lloré porque la vi hacer algo que la iglesia muchas veces no se atreve a hacer: le dio permiso a la gente de llorar.

Le había pedido algo difícil. Le pedí que le hiciera justicia a una de las frases más malinterpretadas de Jesús: "Dios bendice a los que lloran." Y lo que ella desenterró esa mañana lleva días resonando en mí.

Una palabra que aprendimos...

Hay una palabra que aprendimos el domingo, y quiero que no se te olvide: el verbo que Jesús usa está en presente continuo. No es "bienaventurados los que lloraron y ya lo superaron". Es los que lloran. Ahora. Hoy. El que todavía carga el peso.

Y si eso te describe esta semana —si llevas un dolor que nadie ve, una pérdida que el calendario dice que ya deberías haber superado, una herida que has aprendido a tapar con una promesa bíblica para no tener que sentirla— quiero decirte lo que Nicole nos dijo: no estás atrasado en la fe.

Tu llanto no es debilidad. Es, muchas veces, la señal de que la fe está viva.
Nicole nombró cuatro "falsos evangelios" esa mañana. Mensajes que circulan entre nosotros vestidos de buen consejo, pero que en realidad nos enseñaron a callar lo que Dios nunca pidió que calláramos. "Supéralo." "El maduro ya no siente tanto." "Enfócate en la promesa, no en el dolor." "Entrégaselo a Dios" —dicho de una forma que en realidad significa: deja de hablar de eso.

Lo que todos esos mensajes tienen en común, dijo ella, es que le tienen miedo al lamento. Por eso lo apuran, lo diagnostican, lo callan. Pero Jesús no le tiene miedo al llanto. Jesús lo bendice.
Y aquí está la imagen que no he podido sacarme de encima. Nicole nos llevó a Lucas 19, a la entrada triunfal. Recordamos los mantos en el camino, las alabanzas, el gozo desbordado. Pero casi nunca mencionamos que, en medio de toda esa celebración, Jesús vio la ciudad y comenzó a llorar. No paró la procesión. No pidió un momento a solas. No esperó a estar solo. Lloró en medio de la alabanza.

Gozo y lamento, en el mismo instante, en el mismo cuerpo, en el mismo Jesús.
Eso lo cambia todo. Porque significa que tú no tienes que escoger entre llorar y adorar. No tienes que esperar a sentirte bien para acercarte a Dios. Como Jesús a las puertas de Jerusalén, puedes llorar y adorar en la misma respiración.

Por eso me detengo en el nombre que Nicole subrayó al final: se llama Consolador, no eliminador. El Espíritu Santo no viene a borrar tu dolor. Viene a estar contigo en él. El llanto es presente continuo, y el consuelo también. No te consuela cuando dejas de llorar. Te consuela mientras lloras.

Y si todavía dudas de que Dios entienda lo que se siente llorar, mira a Jesús. Lloró en la tumba de Lázaro. Lloró sobre la ciudad. Sudó gotas de sangre en el jardín. No le estás presentando tu llanto a un Dios que no sabe qué hacer con él. Se lo entregas al único que también lo ha cargado. Y aun así resucitó.

Esta semana quiero acompañarte a vivir todo esto, no solo a leerlo. Por eso hemos preparado dos cosas:

LA GUÍA DE ORACIÓN Y REFLEXIÓN (7 días)

Somos inspirados los domingos, pero el consuelo se recibe entre domingo y domingo.

La guía de esta semana te lleva por siete días —del llanto que ve, pasando por los cuatro falsos evangelios, hasta el Consolador que acompaña sin borrar la herida.

Un versículo, una reflexión, una pregunta y una oración cada día.

10-15 minutos cada mañana. Ya está disponible en la App Theopolis. 

LA CALDERA (Martes de Oración)

El consuelo no siempre llega en la soledad de tu casa. A veces llega a través de un hermano que llora contigo. La Caldera es ese espacio. Si llevas un peso que no has soltado, ven y tráelo. No tienes que llegar entero.

Todos los martes, 7:00 PM. Te esperamos.
Una última cosa, la misma asignación que Nicole nos dejó: esta semana, lee un salmo de lamento —empieza por el 22, el 42 o el 88— los lunes, miércoles, viernes y domingo. Léelo completo, despacio, sin saltarte la línea que duele.

Y recuerda lo que ella nos dejó al cerrar: la vida bienaventurada no es la promesa que elimina el dolor. Es la presencia de Jesús en medio de nuestro llanto.

Llora. Que Él está aquí.

Te espero el domingo,
Pastor Sammy
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Recuerda: la transformación genuina no ocurre solamente los domingos. Ocurre en los días entre domingo y domingo. 
 

Eliud Morales