Lo que José nunca olvidó

Basado en el mensaje predicado por Egui Castro

Confieso que pensaba que conocía la historia de José. Es de esas historias que uno escucha tantas veces que deja de escucharla. Y, sin darme cuenta, la había reducido a una frase cómoda: si eres fiel a Dios, Dios te va a poner en el palacio.

Egui comenzó pidiendo disculpas por adelantado. Nos advirtió que, preparando el mensaje, su perspectiva sobre esta historia había cambiado, y que quizás cambiaría la nuestra. Tenía razón.

Hubo un momento que todavía me acompaña. Egui nos llevó al punto más alto de la vida de José: treinta años, segundo al mando de la nación más poderosa del mundo, con un nombre egipcio nuevo, una esposa de alto rango y todo el poder que alguien podría desear. Y ahí, en la cima, nacen sus hijos. Al primero le pone Manasés, porque dijo: "Dios me hizo olvidar todas mis angustias". Al segundo, Efraín, porque dijo: "Dios me hizo fructífero en esta tierra de mi aflicción" (Génesis 41:52 NTV).

Tierra de mi aflicción. En el palacio.
Yo me quedé ahí. Porque José tenía todas las razones para quedarse en Egipto por dentro, no solo por fuera. Para dejar que le cambiaran el nombre del corazón. Egipto lo había tratado mejor que su propia casa. Y sin embargo, cada vez que llamaba a su hijo, José se recordaba que esa no era su tierra. Como lo dijo Egui:

"Si mi papá no está en mi casa, esta no es mi casa."

Pero el mensaje no se detuvo en la nostalgia. Veinte años después, los mismos hermanos que lo vendieron llegan a Egipto a comprar comida. Y José, en vez de cobrarles la deuda, les dice algo que no tiene sentido desde la lógica humana: "Dios me hizo llegar antes que ustedes para salvarles la vida a ustedes y a sus familias, y preservar la vida de muchos más" (Génesis 45:7 NTV).

Veinte años de sufrimiento para salvar a los culpables. Egui lo dijo con honestidad: ese punto de la historia no le gustaba. A mí tampoco. Ellos eran los malos. Él era el inocente.

Y entonces Egui abrió Mateo 1, la genealogía que casi nadie se atreve a predicar, y leyó: "Jacob fue el padre de Judá y de sus hermanos". Judá. El hermano que propuso vender a José. El mismo que, años después, se ofreció como esclavo en lugar de Benjamín. De la tribu de Judá vendría Jesús, el León de Judá. José tenía que estar en Egipto para que Judá no muriera de hambre. José no tenía forma de saberlo. Pero Dios sí.

Ese es el punto. La historia de José no es una historia sobre José. Es una página de una historia que Dios venía escribiendo desde Génesis y que todavía no ha terminado.
Pienso en cuántos de nosotros leemos nuestra propia vida como José en su peor momento, preguntándole a Dios por qué el pozo, por qué la cárcel, por qué el olvido. Y pienso en cuántos la leemos como José en su mejor momento, tentados a creer que el éxito de Egipto es el destino final. Las dos lecturas son demasiado pequeñas.

Quizás lo que estás viviendo hoy es parte de algo que va a dar fruto mucho después de ti. Quizás tu fidelidad en un lugar extranjero está preservando la vida de alguien que todavía no conoces. Mientras tanto, la invitación es sencilla y difícil a la vez: bendice el lugar donde estás, aunque seas extranjero, y nunca olvides de dónde eres.

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Así que te dejo con algunas preguntas para esta semana.

¿En qué etapa de la historia de José te encuentras hoy: el pozo, la cárcel o el palacio?

¿Qué nombre le estás poniendo a tu éxito, o a tu dolor?

¿Y a quién podría Dios estar preservando a través de lo que tú estás viviendo?


Dios no esconde sus propósitos para siempre. Y como nos recordó Egui, cuando los revela, siempre son una obra maestra.

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Recuerda: la transformación genuina no ocurre solamente los domingos. Ocurre en los días entre domingo y domingo. 
 

Eliud Morales