¿Debí tener más fe?

Basado en el mensaje predicado por Benjamín Padilla

Benjamín empezó el domingo hablando de un río. Contó que este año, viajando por España, el guía le señaló un río grande y precioso y le dijo: "ese es el Tormes". Benjamín llevaba tiempo pensando en usar una historia de El Lazarillo de Tormes para este mensaje, y de pronto tenía el río delante. Lo tomó como una señal.

La historia es dura. Un niño, entregado por su madre a un amo ciego que lo mata de hambre y lo maltrata. Un día, cansado, Lázaro le dice: "Viene un charco. Cuando te diga, salta con todas tus fuerzas". El amo confía, salta, y se estrella contra un poste. Ahí se acabó la confianza.

Benjamín lo dijo con sencillez: la confianza entre personas sube y baja según las experiencias. Por eso la Escritura nos advierte que no pongamos nuestra fe en los hombres, sino en Dios.

Pero luego el mensaje fue a un lugar que muchos conocemos demasiado bien. Mateo 17. Un padre trae a su hijo enfermo a los discípulos y ellos no pueden hacer nada. Más tarde le preguntan a Jesús por qué, y Él les responde: "Ustedes no tienen la fe suficiente". Y añade: "Les digo la verdad, si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decirle a esta montaña: «Muévete de aquí hasta allá», y la montaña se movería" (Mateo 17:20 NTV).

Ahí Benjamín nos confesó algo que todos hemos vivido. Ha orado con un deseo profundo, ardiente, por un milagro que no llegó. Y se ha quedado con una pregunta en el pecho: ¿debí tener más fe?
Yo también me la he hecho. Y como pastor, la he escuchado muchas veces en hospitales, en funerales, en conversaciones a media voz después del servicio.

Por eso agradezco que Benjamín no se quedara ahí. Nos mostró que en los Evangelios la fe aparece de maneras distintas. Está la fe del que tiene la necesidad, como la mujer que cruzó la multitud y tocó el borde del manto de Jesús. Está la fe del que intercede, como el oficial romano que pidió por su esclavo y asombró a Jesús. Y está algo que Benjamín llamó, con mucha honestidad, una tercera categoría: la soberanía de Dios. El hombre del estanque de Betesda llevaba treinta y ocho años enfermo. No pidió nada. No expresó fe. Y Jesús lo sanó porque quiso.

Esa tercera categoría me parece la más liberadora. Porque si todo dependiera del tamaño de mi fe, los milagros serían un premio a mi desempeño. Y no lo son. Jesús no dijo "si tuvieran una fe enorme". Dijo una semilla de mostaza. Lo que importa no es cuánta fe tengo, sino en Quién la tengo puesta.

Benjamín lo resumió así:
Pequeño, pero no insignificante.

Eso no quiere decir que la fe no deba crecer. Benjamín insistió en que nuestra fe está llamada a crecer consistentemente, y nos recordó prácticas que la alimentan: la oración, el ayuno, la Palabra y la vida en comunidad. Pero crecer en fe no es acumular puntos para que Dios nos responda. Es conocerlo mejor, para confiar en Él aun cuando la respuesta no es la que esperábamos.

Al final del servicio vi algo que me conmovió. Hermanos que pasaron al frente pidiendo sanidad, mientras dos ancianos oraban por ellos y los ungían con aceite, como enseña Santiago. Otros pasaron cargando a alguien en oración. Y Benjamín repitió una frase que quiero que nos quede: ninguno de los que están orando tiene el poder. El poder es de Dios.
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Para esta semana

Así que si hoy cargas esa pregunta, si oraste y no pasó, te invito a llevarla a Jesús como lo hizo aquel padre en Marcos 9: "¡Sí, creo, pero ayúdame a superar mi incredulidad!". Jesús no lo rechazó por su duda.

Te dejo algunas preguntas para esta semana.

¿Dónde has puesto tu confianza últimamente?
¿Por quién estás intercediendo?
¿Y qué pasaría si dejaras de medir tu fe y empezaras a mirar más a Aquel en quien crees?


Una semilla basta, cuando está en las manos correctas.

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— Pastor Sammy
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Recuerda: la transformación genuina no ocurre solamente los domingos. Ocurre en los días entre domingo y domingo. 
 

Eliud Morales